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Jordània, bitàcora d'un oasi

Autores: Sara, Aurora i Núria

Dimecres, 18.11.2015 10h45

Entre estrellas y camellos


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Aurora González Artigao     18/11/2015

“The dramatic combination of massive rocks and canyons, sandstones over basalt and granite weathered into weird shapes and colours surrounded by desert sands, rivals Petra in magnificence” Rollin and Streetly.
 
El desierto ha sido una localización recurrente en numerosas manifestaciones culturales, pero hasta que uno no pasa unos días allí no entiende por qué. Se trata de un espacio dominado por la inmensidad, extremadamente rico en matices. La amplitud de sus paisajes eleva cualquier emoción al máximo…. No podíamos imaginar lo que nos esperaba tras el nombre de “Wadi Rum”. Yo iba sobre aviso. Uno de mis profesores de la universidad me había dicho que de todos los paisajes que han pasado frente a sus ojos – que no son pocos – si tuviese que calificar uno como el más impresionante, ese sería sin duda el desierto jordano. En el autobús de vuelta a Amman me di cuenta de cuantísima razón tenía.



Empecemos por los datos más generales, para profundizar más adelante en lo emocional. Wadi Rum es un área protegida que abarca aproximadamente 720 km2, situada en la zona más septentrional de Jordania.  Según los geólogos, este inmenso valle fue resultado de una gran grieta en la superficie terrestre causada por un enorme cataclismo que desmenuzó descomunales fragmentos de granito y crestas rocosas de arenisca de las montañas de la placa Afro-Arábica. Algunas de las formaciones se elevan por encima de 1000 metros de altura, coronadas por domos geodésicos erosionados suavemente por vientos del desierto.
La historia de este lugar se encuentra monopolizada principalmente por los beduinos, habitantes eternos de estos parajes que han hecho las veces de pastores, comerciantes, granjeros y cazadores, sacando el máximo provecho de un medio tan hostil. Aunque hoy en día quedan pocos beduinos que mantengan la vida en el desierto en los mismos términos que antaño. La gran mayoría se ha volcado ya hacia el turismo, aunque mantienen muy viva su memoria y, por lo tanto, su identidad como hijos del desierto. Se conocen establecimientos de población desde los siglos VIII-VI a.C., aunque no sería hasta el siglo I a.C. cuando se imprimió una huella evidente y definitiva en toda esta zona, gracias a pueblos como los nabateos. Aún se conservan en las rocas inscripciones tamúdicas, retazo de un pasado lejano pero siempre presente para todo el que desee contemplarlo con fascinación. No sólo los nabateos ocuparon esta zona, antes y después de la llegada del islam diversas tribus de beduinos se hicieron dueños y señores de  rocas milenarias. Siempre lugar de paso, de intercambio y rodeado de cierta atmosférica un tanto mistérica, el valle nos ofreció reflexiones de todo tipo y grandes ideas con las que iniciar nuestras andadas en Amman. Fue una experiencia más allá de todo lo vivido anteriormente. Entre los cientos de momentos grabados a fuego en lo más profundo de nuestras entrañas, qué menos que destacar algunas imágenes: las estrellas fugaces, la deliciosa comida beduina, los colores de Jabal Rum mientras el sol moría, los almuerzos al pie de abrumadoras formaciones geológicas, el té a más de mil metros de altura frente a la frontera con Arabia Saudí… El olor de la arena será siempre evocador de días intensos. 




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