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Jordània, bitàcora d'un oasi

Autores: Sara, Aurora i Núria

Dijous, 7.1.2016 09h45

Algunos destellos


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Aurora 07/01/2016

Cientos (¿miles?) de cláxones suenan con fuerza, lo harían incluso si el tráfico fuese fluido. No existen normas al respecto y de haberlas, poco importan. No recuerdo el nombre de la calle en la que estamos, creo que es al-Malik Hussein. A la salida de uno de tantos hospitales hay ajetreo. Tal vez un accidente de coche – no sería una sorpresa, aquí "tráfico" es sinónimo de caos – o quién sabe qué. En la acera de enfrente hay gente haciendo cola, rótulos luminosos flotan por encima de sus cabezas. Cuatro o cinco supermercados improvisados se amontonan en la calle. “¿Qué hace toda esa gente ahí apelotonada? ¿Qué regalan?”. Un amigo cuenta que son lugares donde la comida se vende mucho más barata que en las grandes superficies. Infinitas latas de conserva se superponen en torres que alcanzan el techo y no se caen de milagro. Enormes, frágiles. No sabemos – ni nos importa demasiado – por qué los precios son tan bajos. Desde hace un tiempo decidimos hacer caso a la sabiduría popular (somos voluntarios, no millonarios) y como cualquier ammaní de a pie, nos aprovisionamos de miel, labaneh, leche, huevos, queso feta, yogur, arroz, etc.




Más abajo, en la calle Suleiman al-Nabulsi se abre una explanada amplia, en algún momento seguramente anheló convertirse en el corazón de la ciudad pero el tiempo le negó ese privilegio. Allí se sitúan el Parlamento, el Tribunal Superior y la mezquita del rey Abdallah, rodeados de edificios de reciente construcción y altura de vértigo. Es chocante la sensación de vacío que hay en general, en un lugar concurrido por edificios tan relevantes. Lo que no falta en cada esquina son militares con metralleta, observando a los viandantes con esa mezcla de socarronería, chulería y amenaza propia de cualquier joven armado. Sí, los que custodian las puertas del Parlamento suelen rondar los 25 años, con toda la confianza que eso genera. Este edificio, por otra parte, es bastante feo, como una caja de zapatos agujereada. 
La descomunal mezquita está por terminar, como tantas otras cosas en esta ciudad. Hasta las aceras – algunas sin empezar, la verdad – se pasean incompletas. Ir andando a cualquier lugar es complicado, por no hablar de la lluvia... Ammán se hace todo barro. Perdón, me descentro, volvamos a la mezquita. Es un edificio sobrio, una inmensa cúpula azul con inscripciones en cúfico geométrico cubierta de andamios. Para los turistas la entrada cuesta dos dinares e incluye un museo de tradiciones y cultura islámica, o eso reza el cartel al menos, aún no hemos tenido el placer de visitarla. Hay pequeños museos de folklore también en el teatro romano y en la ciudadela. Se caracterizan por una musealización decadente y oscura que le da un encanto especial. Por no hablar de los mosaicos polvorientos, una maravilla. Aún tenemos pendiente la visita a la Galería Nacional de Arte, con la esperanza de que nos borre de un plumazo las impresiones anteriores sobre los museos jordanos. 

Seguimos adelante hasta Jabal al-Weibdeh. El vacío se transforma en calles más estrechas, más vivas. Nos rodean casas unifamiliares y adosados de dos o tres pisos como máximo, cercadas por jardines – hacen de cada hogar un pequeño paraíso – a lo largo de la calle Kuliyya, donde nos cruzamos con gente joven, seguidores de tendencia, carne de instagram.   Fan wa-Shai es uno de los centros de mayor movimiento del barrio. Galería de arte y cafetería, lugar de encuentro de rostros pretenciosos, iniciativas culturales (o culturetas) y carteles que indican que los camareros no sirven a las mesas. Levanta tu culo de la silla si quieres beber algo. Ah, el WiFi es limitado. No te nos vayas a apalancar más de una hora.

una de las calles de Jabal al-Weibdeh


No todo es así, claro. Hay lugares donde se puede rascar y uno encuentra algo más que iPhones y barbas. Es el caso de Maestro, una sala de música/restaurante/algo-que-podría-considerarse-un-bar-aunque-ese-término-aquí-para-un-español-es-dudoso. No es barato, pero sirven alcohol y en sí mismo eso es un reclamo para mucha gente. Lo mejor de Maestro son las noches de jazz, cuando organizan improvisaciones todos los lunes a partir de las 20:30 donde triunfa la espontaneidad. Por no hablar de los conciertos de bandas locales o de la región. Sin estilo concreto, depende de lo que toque puede tratarse de rock-garage, electrónica o el pop alternativo, todo con reminiscencia del contexto en el que estamos. Laúdes, crótalos y otros instrumentos propios de la música árabe aportan la marca propia. La gran diferencia con la calle Rainbow es que aquí escasean los extranjeros bajo la marabunta de jordanos – hipsters jordanos, sí, sí, los hay – que organizan mercadillos, conciertos, exposiciones, talleres… Aunque todo lo que tenga que ver con el cine se escapa de este barrio a Jabal Ammán. Allí los institutos de lenguas proyectan orgullosos películas representativas de su cultura en el teatro Rainbow – a la vez nos otorgan la alternativa a las salas de los centros comerciales, entradas carísimas y por lo general, un coñazo – o la Film Royal Comission organiza visionado de documentales o películas más antiguas. 

 




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